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Una Antropología Distinta

Por ser una sociedad multiétnica y pluricultural, como nos reconoce en su preámbulo la Constitución Bolivariana de Venezuela (aprobada en el año 1999), estudiar temas culturales exige al antropólogo venezolano abordar estos fenómenos desde distintas metodologías científicas para desarrollar una investigación con carácter holístico.

La etnología (llamada así en Europa) o la antropología social (denominada de esta forma en Estados Unidos) nació desde la Otredad y para comprender la Otredad, a veces con fines científicos al principio o a veces con fines económicos, colonialistas, guerreristas o para justificar e imponer paradigmas racistas u homogeneizadores.

Cuando comenzaron en 1952 los estudios antropológicos en la Universidad Central de Venezuela, en Caracas, Venezuela, fue inevitable también exportar todas esas técnicas, teorías, categorías y modelos del norte, pero en pleno siglo XXI se nos presentan a los antropólogos formados en las distintas universidades venezolanas otros retos: ¿Cómo abordar la Otredad y la alteridad? ¿Cómo redimensionar la ética del antropólogo (en vista de que estudia su propia sociedad)? ¿Cómo hacer el trabajo de campo? ¿Cómo lograr la pertinencia de la ciencia para la propia sociedad donde convive el investigador? Porque el antropólogo entrevista, observa, estudia y analiza a grupos sociales que lo tocan, le duelen, con los cuales ha compartido, sufrido o amado.

En el fondo, el antropólogo venezolano intenta construir nociones de identidad que son las suyas también. Sería como una especie de autoanálisis: al investigar su propia sociedad, el etnólogo estaría así autoanalizándose, “abreaccionándose” culturalmente.

Desde este enfoque, el antropólogo participaría en un intento por hacer una antropología distinta, insurgente o revolucionaria, bautizada en el año 1993 Antropología del Sur, es decir, las antropologías hechas desde los países de Latinoamérica y África que ya no buscan al Otro, sino al Nos-otros; no obstante, seguirían utilizando e innovando sobre la base de técnicas, modelos, categorías y teorías de los países del norte (Europa y Estados Unidos), pero con otras intenciones y haceres, con la construcción de nuevas nociones, de creativos acercamientos.

Practicar Antropología del Sur implicaría una renovación de la epistemología producto de los cambios sociopolíticos que se viven en Suramérica, sobre todo desde comienzos del siglo XXI, y también conllevaría a estudiar un nuevo objeto de investigación ya convertido en sujeto-actor, que maneja mucha información por las vertiginosas y populares Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC).

Un antropólogo que se autorreconoce y practica la Antropología del Sur no podría seguir el paradigma de la simplificación, como lo llama la doctora Jacqueline Clarac de Briceño, sino que se sentiría comprometido a estudiar de forma holística, con otra ética, a lo largo del tiempo y con un método complementarista y dialéctico fenómenos socioeconómicos e históricos-políticos complejos, ya que para poder entender lo que ocurre en el presente debemos aprender a reconocer y estudiar lo que la verdadera historia, que está por construirse, nos está señalando desde el pasado para sabernos multiétnicos y pluriculturales.

Imprescindible es generar un sello distintivo de esta antropología, es el compromiso del investigador hacer de su trabajo de investigación un producto con aportes al conocimiento, pero además los mismos deben buscar una aplicabilidad social, permitiendo contribuir con la población estudiada, es decir, retribuir en algún beneficio fáctico a la comunidad, evitando que el trabajo antropológico sea una extracción de conocimiento que luego se mercantiliza en los espacios académicos. Los científicos del norte lo primero que hacían, y aún practican eficientemente, es desmarcar sus estudios de la realidad social investigada, se distancian sin comprometerse de ninguna forma.

A los antropólogos del Sur nos corresponde lo contrario, porque estudiamos nuestras propias sociedades y no salimos a un mundo “exótico”, sino que nos quedamos en nuestros lugares de origen o trabajamos en países del Sur, es decir, las naciones consideradas periferia por los centros de poder.

Es responsabilidad nuestra emprender proyectos cónsonos con la realidad del país en el cual vivimos, pues el proceder ha sido de investigadores realizando trabajos interesantes e importantes, pero que sólo persiguen el ego intelectual y no dan respuestas a la comprensión profunda de lo que nos circunda. En la actualidad, como es sabido por todos, la antropología continúa enfrentándose con dos grandes retos: primero, formar a sus profesionales en la aplicabilidad y pertinencia social, con responsabilidad más allá de lo meramente académico; y segundo, en ser consciente de que los sectores estudiados no son mundos exóticos, aislados, lejanos o fríos, sino que son copartícipes en la construcción de nación y democracia en estos países, de donde son originarios los investigadores y sus sujetos investigados. No estudiamos realidades ajenas o experimentos de laboratorio, es nuestra cotidianidad el objeto-sujeto de estudio; el acercamiento es un hecho tangible y la lejanía es intangible, pues sólo se logra esta última por la formación académica.

 

Annel Mejías Guiza, profesora de la Maestría en Etnología – ULA

Yanitza Albarrán, profesora del Colegio Universitario Hotel Escuela de los Andes Venezolanos

Categories: Lecturas

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Annel Mejías

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